Stephen Hawking: genio de la ciencia y símbolo de resiliencia

El 8 de enero de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, nació Stephen Hawking, uno de los científicos más influyentes del siglo XX.

El calendario quiso trazar un símbolo alrededor de la vida de Stephen Hawking. Nació un 8 de enero, el mismo día en que murió Galileo Galilei, y falleció un 14 de marzo, fecha del nacimiento de Albert Einstein.

No fue una simple coincidencia: con el tiempo, su nombre quedaría unido al de esos gigantes que transformaron para siempre la manera en que la humanidad entiende el universo.

Si Galileo desplazó a la Tierra del centro del cosmos y Einstein alteró la concepción del espacio y el tiempo, Hawking llevó la mirada humana hasta el origen mismo de todo. Contribuyó de manera decisiva a demostrar que el universo nació en una gran explosión primordial: el Big Bang. Su ambición intelectual quedó resumida en una frase que repitió a lo largo de su vida: “Mi objetivo es simple: un completo conocimiento del universo, por qué es como es y por qué existe”.

Pero la suya fue una genialidad forjada en la adversidad. A los 21 años, cuando su vida apenas comenzaba, recibió un diagnóstico devastador: esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad neurodegenerativa que paraliza progresivamente el cuerpo. Los médicos le dieron no más de dos años de vida. Vivió 55 más.

La enfermedad fue avanzando sin piedad. Primero cedieron las piernas, luego la voz, las manos, la respiración, la autonomía. Hawking fue testigo consciente de cómo su cuerpo se convertía en una prisión. Él mismo confesó que, tras conocer el diagnóstico, cayó en una profunda depresión: se encerró durante meses, escuchando a Wagner y refugiándose en el alcohol. Fue Jane Wilde, su entonces novia y futura esposa, quien logró sacarlo de ese abismo.

En 1985, una neumonía lo llevó al borde de la muerte. Permaneció en coma y los médicos sugirieron desconectarlo. Jane se negó. Una traqueotomía le salvó la vida, pero lo dejó sin habla. Desde entonces, su voz sería artificial: un sintetizador acoplado a una silla de ruedas diseñada especialmente para él, que manejaba con un leve movimiento de un dedo. Aquella voz robótica terminaría por convertirse en parte de su identidad pública.

Nada de eso detuvo su trabajo. Hawking siguió investigando, escribiendo y desafiando los límites del conocimiento humano. Conservó, además, un humor fino y punzante. Cuestionó incluso la fiabilidad de los sentidos humanos para comprender la realidad y se atrevió a reflexionar sobre los grandes dilemas de la existencia.

En el terreno personal, su vida fue compleja. En 1990 se separó de Jane y se casó con Elaine Mason, su cuidadora. El matrimonio terminó en medio de acusaciones y un nuevo divorcio en 2006.

También abordó sin evasivas el debate sobre Dios y la creación del universo. En El gran diseño, sostuvo que las leyes de la física bastan para explicar el origen del cosmos sin necesidad de una intervención divina. Nunca negó a Dios; simplemente afirmó que no era indispensable para comprender el universo. Con ironía, llegó a decir: “Debe ser aburrido ser Dios y no tener nada que descubrir”.

En 1970, junto a Roger Penrose, formuló la teoría de que el universo tuvo su origen en una singularidad: un punto de densidad y temperatura infinitas del que emergió todo lo existente. Más tarde, dedicó su vida al estudio de los agujeros negros, proponiendo que estos no son completamente negros y que emiten una tenue radiación —la hoy célebre radiación Hawking— desde su horizonte.

También supo reírse de sus errores. Perdió apuestas célebres sobre la existencia de agujeros negros y del bosón de Higgs, y aceptó sus derrotas con elegancia y humor. Incluso organizó una fiesta para viajeros del tiempo… a la que nadie acudió.

Divulgador incansable, Hawking llevó la ciencia a millones de personas. Apareció en series de televisión, viajó por el mundo, celebró su cumpleaños en un globo aerostático y desafió la gravedad en un vuelo de ingravidez. “Las personas no deben limitarse por sus discapacidades físicas —dijo— mientras no tengan discapacidades de espíritu”.

Stephen Hawking murió el 14 de marzo de 2018, en su casa de Cambridge, acompañado de su familia. Tenía 76 años. No se informó la causa de su muerte. En un breve comunicado, sus seres queridos señalaron que el científico “expiró en paz”.

Su cuerpo fue vencido por la enfermedad, pero su mente siguió viajando por el universo hasta el final. Y ahí permanece.

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