José Guadalupe Posada, el gran grabador que inmortalizó a La Catrina
“La muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera.”

En la historia del periodismo gráfico mexicano hay nombres que no necesitan fotografía: bastan sus líneas. José Guadalupe Posada es uno de ellos.
Nació en Aguascalientes en 1852 y murió en la Ciudad de México en 1913, pero entre esas fechas dejó un archivo vivo del país: sus grabados siguen informando, denunciando y riéndose —con una risa afilada— de nuestras certezas.
Posada creció en un México que aprendía a mirarse en el espejo de la imprenta. Desde joven se inclinó por el dibujo y el grabado, oficios que entonces eran herramientas de trabajo y armas de opinión. Aprendió el arte de tallar la madera y el metal, y pronto entendió que una imagen podía llegar más lejos que un discurso. No buscó salones ni academias: buscó calles, hojas sueltas, periódicos baratos. Su escuela fue la imprenta; su aula, la plaza pública.
Su trayectoria se consolidó en talleres y redacciones donde el pulso del país latía a diario. En la Ciudad de México trabajó con impresores como Antonio Vanegas Arroyo, produciendo ilustraciones para hojas volantes, corridos, gacetas y publicaciones populares. Allí, Posada hizo del grabado una crónica urgente: retrató catástrofes, crímenes, milagros, fiestas, huelgas y escándalos; satirizó a políticos y a poderosos; acompañó al pueblo en sus miedos y celebraciones. No embelleció la realidad: la volvió legible.
Fue en ese ejercicio periodístico donde nacieron sus calaveras, figuras que hoy parecen folclor inmóvil pero que entonces eran comentario político. Esqueletos vestidos de gala, de campesinos, de soldados: la muerte como igualadora social y como editorial. La más célebre, la Calavera Garbancera —que después Diego Rivera bautizaría como “La Catrina”—, no era un adorno: era una crítica a la aspiración vacía, al olvido de las raíces, al maquillaje de la pobreza. Posada no dibujaba para el museo; dibujaba para el día siguiente.
Su estilo fue directo, expresivo, a veces feroz. Con pocos trazos lograba carácter y movimiento. Sus imágenes no pedían permiso: interpelaban. Por eso su obra circuló masivamente y, por la misma razón, durante mucho tiempo fue considerada “menor”. Posada fue popular antes de ser consagrado; útil antes de ser citado. El reconocimiento pleno llegó tarde, cuando los muralistas vieron en él un antecedente ético y estético del arte comprometido.
La muerte lo alcanzó sin estruendo. José Guadalupe Posada murió en 1913, en plena Revolución, pobre y casi anónimo. Fue enterrado en una fosa común, como tantos de los que había retratado. El país ardía y su nombre no encabezó obituarios. Parecía un final injusto para quien había dado rostro a la noticia y huesos a la sátira.
Pero la memoria, a veces, corrige. Posada no se fue. Cada Día de Muertos, cada caricatura política, cada grabado que se atreve a decir lo que otros callan, lo convoca. Su obra sobrevivió a la imprenta efímera y se volvió archivo moral. Nos enseñó que el periodismo también puede tallarse, que la crítica puede sonreír con dientes de calavera, y que el arte, cuando se compromete con su tiempo, termina por atravesarlo.
Hoy, al recordarlo, no lo elevamos a estatua: lo devolvemos a la calle. Allí donde una imagen sigue contando lo que pasa. Allí donde Posada, todavía, firma sin firmar.



