Empatan México y Portugal en la reapertura del Estadio Banorte

Más que un partido preparatorio, el México-Portugal era un ensayo general, la prueba final de que el Estadio Azteca -ahora renombrado Estadio Banorte- está listo para reclamar su lugar como el único templo del futbol que ha visto tres veces la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA.
Cerca de 81 mil 344 personas acudieron al despertar del renovado gigante de techos rojos, una estructura capaz de sostener el peso del mundo, la presión del reloj y partidos decepcionantes como el de este sábado (0-0), donde el resultado es un bostezo de lujo que contrasta con la magnitud del escenario.
México se dedicó a lo que mejor sabe hacer cuando el rival es serio: correr detrás de la pelota, una persecución inútil y agotadora, que generó casi nada en el arco de Rui Silva. Incluso se salvó de milagro, porque un remate del delantero del París-Saint Germain, Gonçalo Ramos, pegó en el poste después del descanso. La afición cumplió con el libreto los primeros 20 minutos. Cantó el “Dale, dale, México”, organizó la Ola y regaló un aplauso cerrado al mediocampista Álvaro Fidalgo, nacido en España, pero naturalizado mexicano. Sin embargo, el amor en el Azteca dura lo que tarda en llegar el aburrimiento.
Los aplausos se volvieron silbidos y una multitud empezó a invocar a Armando Hormiga González, como si un solo nombre pudiera arreglar el desierto de ideas del Tricolor. Y no funcionó. La FIFA, por otro lado, implementó las pausas de hidratación. Oficialmente, para cuidar la salud de los atletas, aunque, en la práctica, para que las pantallas gigantes mostraran publicidad durante los minutos de silencio forzado. “Hay que tener pantalones y tamaños, porque la afición nos pide ganar”, declaró posteriormente el técnico nacional, Javier Aguirre, sobre los abucheos hacia su equipo. “Esto requiere de jugadores con personalidad. Portugal es un rival top-10, un rival hecho y derecho”.
En las calles, el movimiento de antaño fue sustituido por una geometría estricta. Ya no hay puestos de banderas ni puestos de lámina donde se vende comida. Lo que queda es una procesión silenciosa. “Venimos desde Gran Sur. Hicimos 40 minutos, rodeando casi todo el estadio para entrar”, relató el tabasqueño David Morales, uno de cientos de aficionados que recorrieron entre dos y tres kilómetros a pie desde el centro comercial para alcanzar la puerta. Más que un complejo deportivo, el Azteca pareció una enorme terminal de transbordos donde los aficionados con boleto pasaron horas preguntando por puertas, números de asiento y coordenadas perdidas.
A la fiesta le hizo falta su invitado estelar: Cristiano Ronaldo. El portugués no cruzó el Atlántico por una lesión muscular, pero cientos de camisetas con el número 7 vistieron a niños y jóvenes que poblaron las gradas. Adentro, el nuevo templo con nombre bancario expulsó todavía el polvo de la obra reciente. Mientras el ingreso generó retrasos por los filtros de seguridad, un desfile incesante de camiones RTP, Metrobús y Trolebús, los nuevos pulmones que inyectaron la marea tricolor al recinto, cambió el paisaje habitual de las principales avenidas. Aunque el templo estuvo listo, radiante en su nueva investidura, adentro no ocurrió el milagro de un gol.



