Salvador Dalí, el genio indiscutible del surrealismo

El 11 de mayo de 1904, nació en Figueres, Gerona, uno de los pintores españoles más internacionales de la historia, el catalán Salvador Dalí.

Creador de un estilo muy personal y extravagante, Dalí acabaría convirtiéndose en un maestro del estilo surrealista y en un icono de la pintura contemporánea.

La vida de Salvador Dalí comenzó marcada por la ausencia. Antes incluso de ver la luz, su destino quedó ligado a la muerte de su hermano mayor, Salvador Galo Anselmo, fallecido en 1903 a causa de una infección estomacal.

Aquel vacío familiar dejó una huella profunda en el futuro artista. Cuando apenas tenía cinco años, sus padres lo llevaron a la tumba del hermano perdido y le dijeron que él era su reencarnación. Ese momento sembró en Dalí una crisis de identidad que lo acompañaría durante toda su vida.

El propio Dalí evocó esa experiencia con palabras que revelan su desgarro interior: “Nos parecíamos como dos gotas de agua, pero dábamos reflejos diferentes… Mi hermano era probablemente una primera visión de mí mismo, pero según una concepción demasiado absoluta”. La obsesión fue tan intensa que, décadas más tarde, en 1963, inmortalizó ese recuerdo en el cuadro *Retrato de mi hermano muerto*, como un acto de memoria y reconciliación con su pasado.

Durante su infancia, Salvador no destacó como estudiante. Su padre se vio obligado a cambiarlo de escuela en repetidas ocasiones. Sin embargo, en 1916, el joven encontró un camino que daría sentido a su vida: el arte. Gracias a la familia del pintor Ramón Pichot, descubrió la pintura contemporánea y comenzó su formación con el maestro Juan Núñez. Con tan solo catorce años, Dalí ya participaba en exposiciones en Figueres y Barcelona, donde obtuvo su primer premio, señal temprana de un talento excepcional.

El año 1921 supuso una herida imposible de cerrar. Su madre, Felipa, murió a causa de un cáncer de útero, y Dalí quedó profundamente devastado. Años después confesaría que fue el golpe más duro de su vida: “La adoraba. No podía resignarme a la pérdida del ser con quien contaba para hacer invisibles las inevitables manchas de mi alma”. Ese dolor marcaría su sensibilidad y su obra para siempre.

Poco después, se trasladó a Madrid para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se alojó en la Residencia de Estudiantes. Allí comenzó a forjar no solo al artista, sino también al personaje. Su apariencia excéntrica —melena larga, vestimenta de aire victoriano, capa arrastrando hasta los pies— y su carácter singular lo convirtieron en una figura imposible de ignorar.

Aquellos años estuvieron llenos de conflictos. En 1924 fue encarcelado brevemente por motivos nunca del todo aclarados, y en 1926 fue expulsado de la Academia, poco antes de los exámenes finales, tras declarar que nadie era digno de evaluarlo. Ese gesto, arrogante y visionario a la vez, anticipaba al Dalí que el mundo conocería.

En 1927, en Cadaqués, se reencontró con Federico García Lorca y Luis Buñuel. Con este último colaboró en la creación de *Un perro andaluz*, una obra cinematográfica perturbadora y revolucionaria que se estrenaría en 1929. Ese mismo año, Dalí viajó por primera vez a París, donde entró en contacto con Picasso y Miró, y gracias a este último se integró en el movimiento surrealista liderado por André Breton, corriente artística que lo consagraría internacionalmente.

En París conoció a Gala, musa, compañera y amor de su vida. Su relación provocó la ruptura definitiva con su padre, quien rechazaba tanto su estilo de vida como ese vínculo. Lejos de frenar su creatividad, esta fractura coincidió con uno de los momentos más brillantes de su carrera. En 1931 pintó *La persistencia de la memoria*, una de las imágenes más icónicas del arte del siglo XX, donde el tiempo se derrite y la realidad se transforma en sueño.

A partir de entonces, Dalí expuso de manera constante, apoyado por su mecenas Edward James, y en 1934 se casó con Gala. Tras un viaje por Italia, su obra se impregnó de espiritualidad y simbolismo religioso, dando lugar a pinturas como *La Madonna de Port Lligat*, *Crucifixión* y *La última cena*, donde lo místico y lo onírico se funden.

Cuando regresó a España en 1949, tras años entre Nueva York y París, muchos críticos consideraron que lo esencial de su obra ya había sido creado. Aun así, Dalí continuó produciendo durante cuatro décadas más, alimentando su legado artístico y su figura pública, provocadora e irrepetible.

Salvador Dalí murió en Figueres el 23 de enero de 1989, en la misma tierra que lo vio nacer. Dejó tras de sí una obra inmortal y una vida vivida como un acto artístico en sí mismo, marcada por la memoria, el dolor, la genialidad y el desafío constante a los límites de la realidad.

 

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