Mujeres en México enfrentan jornadas de hasta 98 horas: la feminización de la supervivencia

En México, miles de mujeres enfrentan jornadas extendidas que combinan trabajo remunerado, cuidados familiares y labores domésticas, en un contexto marcado por la falta de apoyos institucionales y desigualdad estructural.
El caso de Lizeth Adriana refleja esta realidad. Con estudios de posgrado en Ciencias de la Computación y dominio del inglés, trabaja de forma remota mientras asume el cuidado de su hijo con trastorno del espectro autista, así como la atención de su madre y las responsabilidades del hogar. Su rutina inicia antes de las 7 de la mañana y se extiende durante todo el día, sin pausas suficientes.
A esta carga se suman factores económicos y sociales. En ciudades como Monterrey, el incremento en el costo de vida, el transporte y la inseguridad complican aún más las condiciones de las familias, especialmente aquellas encabezadas o sostenidas por mujeres.
Historias similares se replican en otras regiones del país. En Puebla, por ejemplo, abuelas y otras redes familiares sustituyen a las madres en el cuidado infantil ante la imposibilidad de conciliar empleo y crianza. En Ciudad de México, mujeres como Gabriela han abandonado sus carreras profesionales para dedicarse al cuidado de familiares enfermos, ante la ausencia de sistemas públicos de apoyo.
De acuerdo con organizaciones como Red de Cuidados México, una proporción significativa de mujeres que realizan dobles o triples jornadas presenta síntomas de agotamiento severo, conocidos como síndrome de burnout del cuidador. Estas condiciones incluyen insomnio, ansiedad y afectaciones físicas derivadas de la sobrecarga.
Aunque la jornada laboral formal en México oscila entre 40 y 48 horas semanales, la suma de trabajo remunerado y no remunerado puede superar fácilmente las 90 horas en el caso de muchas mujeres. Esta dinámica responde a lo que especialistas denominan “feminización de la supervivencia”, un fenómeno en el que las mujeres asumen múltiples roles para sostener a sus familias frente a contextos adversos.
Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía indican que millones de niñas y niños también participan en actividades económicas, lo que refleja cómo la precariedad impacta a los hogares en su conjunto. Además, más de una tercera parte de los hogares en el país son encabezados por mujeres, lo que evidencia un cambio en la estructura familiar y económica.
Especialistas coinciden en que la falta de políticas públicas enfocadas en sistemas de cuidados, salud mental y conciliación laboral perpetúa estas condiciones. Los programas sociales existentes, si bien brindan apoyo económico, no han logrado resolver la necesidad de infraestructura que permita a las mujeres desarrollarse plenamente.
En este contexto, la sobrecarga femenina no solo responde a dinámicas familiares, sino a problemas estructurales que continúan sin atención suficiente, lo que mantiene a millones de mujeres en un ciclo constante de trabajo, cuidado y desgaste.



