El vacío de poder en el CJNG: menos nombres, más incertidumbre

La reciente captura de Audias Flores Silva marca algo más profundo que un golpe operativo al Cártel Jalisco Nueva Generación: reduce a tres la lista de posibles sucesores tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, y deja al descubierto un escenario cargado de tensiones internas, sospechas de traición y reacomodos de poder.

Hasta hace apenas semanas, el gobierno federal identificaba a cuatro figuras clave para relevar el liderazgo. Hoy, tras la detención de “El Jardinero” y la caída de su operador financiero, César Alejandro N, la disputa queda en manos de tres perfiles: Juan Carlos Valencia González, Gonzalo Mendoza Gaytán y Ricardo Ruiz Velasco.

No se trata de nombres menores. Todos forman parte de la cúpula del cártel y concentran poder operativo. Sin embargo, uno destaca por encima del resto.

“El 03”, hijastro de “El Mencho”, ha consolidado su influencia a través del control del Grupo Élite, considerado el brazo armado más eficaz y violento de la organización. Con 41 años, nacido en Santa Ana, California, y con nacionalidad estadounidense, su perfil también introduce un elemento adicional: las limitaciones legales que enfrentan las autoridades de Estados Unidos para intervenir directamente en la vigilancia de sus ciudadanos en el extranjero.

Mientras tanto, “El Sapo” y “RR” representan otras facciones con peso dentro del CJNG, lo que abre la puerta a posibles disputas internas en una estructura que, históricamente, ha dependido de liderazgos fuertes y centralizados.

Las detenciones recientes no son aisladas. De acuerdo con el gabinete de seguridad, la captura de Flores Silva fue resultado de un operativo de precisión encabezado por las Fuerzas Armadas en Nayarit, tras 19 meses de seguimiento en al menos 45 ubicaciones. Participaron cerca de 500 elementos y el arresto se concretó el 27 de abril, luego de que el capo intentara huir y fuera localizado sobre la tubería de una carretera.

Flores Silva, de 45 años y originario de Huetamo, Michoacán, no era un actor secundario. Fue jefe de seguridad de “El Mencho” y posteriormente responsable de operaciones en Nayarit, Jalisco, Estado de México y Zacatecas, coordinando producción de metanfetamina, laboratorios clandestinos, además de actividades como robo de combustible y cobro de piso. Desde 2021 era requerido por Estados Unidos, y en 2024 la DEA ofrecía hasta cinco millones de dólares por información que llevara a su captura.

Horas después, en Zapopan, fue detenido “El Güero Conta”, pieza clave en el engranaje financiero del grupo. Según autoridades, operaba esquemas de lavado de dinero, adquisición de armas, aeronaves y bienes raíces mediante el uso de empresas fachada, familiares y socios.

El impacto de ambas capturas es directo: se debilitan tanto la capacidad logística como la financiera del cártel. Así lo afirmó el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, quien calificó la operación como un “golpe contundente”.

Sin embargo, el CJNG sigue lejos de desaparecer. Mantiene presencia en 21 de los 32 estados del país, superando incluso al Cártel de Sinaloa, y extiende sus operaciones a cerca de 100 países. Este alcance global ha llevado a que Estados Unidos lo catalogue como organización terrorista, incrementando la presión internacional.

El problema, ahora, es interno.

Con menos figuras en la línea de sucesión, el margen para la negociación se reduce y crece el riesgo de fracturas. En organizaciones de este tipo, los vacíos de poder rara vez se llenan de forma pacífica.

La pregunta no es solo quién liderará el CJNG, sino bajo qué condiciones lo hará. Si mediante acuerdos, imposición o confrontación.

Porque si algo ha demostrado la historia del narcotráfico en México, es que cada captura relevante no solo debilita a los grupos criminales: también reconfigura sus equilibrios… y, muchas veces, desata nuevas etapas de violencia.

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